
Querida desconocida: hoy he decidido escribirte, aunque no existas. O quizá sí, como esas existencias que uno intuye antes de nombrarlas.
Me gusta imaginarte leyendo esto en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada y con los brazos rodeando tus rodillas, como si buscaras algo entre líneas que aún no sabes definir.
—¿Y qué crees que voy a encontrar?
No lo sé. Quizá a ti misma, o tal vez a mí. Es curioso escribirle a alguien que no responde. Aunque, pensándolo mejor, cada vez que continuo decido no detenerme. No te confundas. Solo es curiosidad, aunque esta siempre empieza así; con un gesto leve, una pausa apenas perceptible. Y después, algo cambia, porque ahora estás más cerca.
—No me he movido.
No, pero te sientes distinta. Como si las palabras no fueran del todo ajenas. Como si, de algún modo, estuvieran rozando algo que no esperabas que fuera tocado.
—Estás jugando.
Puede ser, pero tú sigues aquí. Y ya no lees igual que antes. Hay algo en la forma en que recorres estas líneas: mucho más lenta, más consciente. Como si cada palabra pesara un poco más sobre ti.
—Eso es imaginación tuya.
¿Lo es? Entonces dime por qué dudaste antes de seguir. Por qué releíste esa última frase. Por qué, ahora mismo, has contenido ligeramente la respiración. No hace falta que lo niegues. A veces el cuerpo entiende antes que la razón. Y el tuyo está empezando a contestar.
—No sabes nada de mí.
Sé lo suficiente. ¡Mira! no has cerrado la carta. Sé que algo sucede en este intercambio, porque te resulta difícil de ignorar.
—¿Intercambio? Tú escribes, y yo leo.
¿Eso crees? Entonces dime, por qué sientes que debes contestarme. Por qué, en algún lugar muy cercano, ya lo estás haciendo. El silencio también es una forma de acercarse, de quedarse un instante más de lo necesario. De no apartarse cuando algo empieza a intensificarse. Porque sí, está cambiando.
—¿Qué está cambiando?
Sí, tú, la forma en que estás aquí. Ya no eres solo una lectora. Hay una tensión nueva, casi imperceptible, pero firme. Como si esta distancia entre nosotros se hubiera vuelto mucho más fina.
—Eso no tiene sentido.
Y, sin embargo, no te alejas, sigues. Como si quisieras descubrir hasta dónde llega esto.
—¿Y hasta dónde llega?
Hasta donde tú quieras. O quizá hasta donde ya no puedas fingir que no estás dentro.
—No estoy dentro de nada.
¿No? Entonces explícame por qué sientes esta leve inquietud. Por qué hay algo en ti que no termina de decidir si continuar o detenerse. Porque esta carta ya no es solo palabras. ¡No respondas! Ya sé. La cuestión nunca fue si ibas a leer hasta el final. La cuestión era otra.
—¿Cuál?
Si, al terminar, seguirías siendo solo tú, porque hay algo que no te he dicho.
—¿Qué cosa?
Que esta carta no se escribió antes de que llegaras. Se está escribiendo contigo. Cada duda. Cada pausa. Cada vez que vuelves atrás y avanzas otra vez.
—Eso es imposible.
¿Lo es? Entonces dime: ¿por qué nada de esto existiría si no estuvieras leyendo? No eres tú quien encontró esta carta. Fui yo quien apareció cuando empezaste a leer. Así que dime, querida desconocida. Si cierras ahora los ojos, si te apartas, si decides que todo esto no fue más que un juego, o como quieras llamarlo, ¿qué ocurre conmigo? Porque, al final, eras tú, o no, la que verdaderamente existía. (SS)
