“Mientras alguien recuerde por dos”

  • Comentarios de la entrada:Sin comentarios

—Quien nos roba los sueños nos roba la vida. Virginia Woolf

La memoria es una casa, pero en la suya las habitaciones se desvanecen; camina entre sombras familiares sin recordar cuál era la suya. En ocasiones conservan la risa de esos recuerdos imborrables; otras guardan el olor del petricor. Hay estancias donde la sal se pega a la piel y si uno cierra los ojos, todavía puede escuchar una voz querida llamándonos por nuestro nombre.

No irrumpe con estruendo, ni derriba puertas. Llega como un nubarrón lento, espeso, que se cuela por las grietas. Al principio es imperceptible: una llave que no aparece, un nombre que se escapa justo antes de pronunciarlo. Después, ese velo oscuro comienza a ocupar más y más espacio; hasta nublarlo todo. Borra los pasillos, desdibuja los caminos, apaga las luces una a una.

—¿Sabes quién soy? —pregunta ella con la voz más temblorosa de lo que quiere admitir.

Ella la mira en silencio. Sus ojos pequeños parecen buscar algo en un lugar al que ya no sabe llegar.

—Eres…— duda. Pero lo más importante es, que para ella lo eres todo.

Hay algo en ese nubarrón que nunca se logra borrar: el amor.

Ese que no vive en una sola estancia. Que no depende de un nombre ni de una fecha. Está en los cimientos de esa casa, en sus paredes, en la forma en que una mano reconoce a otra, incluso cuando la mente olvida.

Quien lo padece no deja de ser quien ha sido. Bajo el silencio y la confusión, siguen latiendo historias. Siguen las risas compartidas, los días difíciles, los abrazos que sostuvieron mundos. Y aunque ya no pueda contarlos, aún existen.

—No pasa nada —musitó ella, acercándose.

—Estoy aquí: y ella, sin entender del todo las palabras, aprieta su mano con suavidad, como si recordara.

Cuidar a alguien así es un acto de ternura que roza la heroicidad. Es aprender a habitar la incertidumbre. Es repetir nombres, historias y, cuando eso ya no alcanza: es hacerlo con gestos, con una caricia, una dulce mirada, o en esa presencia constante.

Es recordar por dos.

Los días se vuelven distintos. Más lentos, más frágiles. Pero también, de algún modo extraño, más verdaderos. Porque todo se reduce a lo esencial: estar, acompañar, sostener.

—¿Te quedarás? —pregunta ella una de esas noches, como una niña que teme a la oscuridad.

Ella sonríe, aunque su mamá ya no sepa por qué esa sonrisa le resulta familiar.

—Siempre — le responde. Aunque te olvides que estoy aquí, estaré mil veces.

En esa promesa hay algo invencible.

Quizá la memoria se borre. Quizá las habitaciones queden a oscuras. Pero cuando el amor ha sido verdadero, encuentra siempre la manera de quedarse, porque una mano que no se suelta, es una voz que sigue llamando. Porque mientras alguien recuerde por dos, nadie se pierde del todo.

Aurelio V. Lorenzo Casimiro.

Deja una respuesta