
Ya se me fue media vida. ¿Quién me garantiza ahora la otra mitad? José Juan Mújica Villegas
Mi nombre es Aurelio V. Lorenzo Casimiro. Vine al mundo en Las Palmas de Gran Canaria un viernes, 14 de febrero de 1969. Pero ese dato, por sí solo, revela poco de quien soy. Porque la historia de mi vida no comienza verdaderamente en ese primer instante, sino unas horas más tarde, cuando fui sellado por las aguas lustrales. Fue entonces —en ese acto silencioso e íntimo— cuando mi existencia adquirió un sentido que el simple nacimiento no podía otorgarle.
Mis padres, por ser el primogénito —como aún dice mi madre—, me cuentan que estaban felices. La familia entera compartía aquella alegría. Sin embargo, los aprendizajes de la misma no llegaron únicamente de ellos. También mis padrinos, abuelos y bisabuelos dejaron en mí una huella profunda. Todos, de una manera u otra, fueron maestros en ese proceso de crecer. Junto a otros que en este compartir iré nombrando, nunca olvido a mis tíos: Manolo, Pepito y Tina.
Siendo aún muy pequeño, por motivos laborales, mis padres trasladaron su residencia al norte de la isla de Tenerife. Cuando hoy pienso en aquellos años del siglo pasado, no deja de sorprenderme haber vivido durante varios años en un fastuoso hotel que, según recuerdo, estaba recién inaugurado. Para mí, en aquel entonces, aquello no resultaba especialmente extraño. Apenas había conocido otra forma de vida. Lo que sí despertaba mi curiosidad eran aquellas constantes idas y venidas a Gran Canaria.
Y quizá se pregunten por qué.
La explicación es sencilla: casi siempre regresábamos con un nuevo hermanito.
Mientras tanto, yo recorría todos los pasillos y dependencias del hotel —incluidas las oficinas— con la naturalidad de quien se mueve por su propia casa, como si fuese el mismísimo propietario de la cadena hotelera.
Cada año, sin falta, mi madre preparaba las maletas para volver a “La Redonda”. Lo hacía con cara de contento y, al mismo tiempo, pensativa. Muy pensativa; deseaba que todo saliera bien, como cualquier madre ante la llegada de un nuevo alumbramiento. Lo cierto es que la familia no dejaba de crecer.
Entre viajes, excursiones, pañales y biberones, facilitaba, y mucho, el lujo de vivir rodeados de las comodidades que ofrecía un establecimiento hotelero. Años después, cuando recordamos aquella etapa quienes tuvimos la suerte de vivirla, siempre coincidimos en lo mismo: —Sin lugar a duda, lo mejor del hotel era su gente.
Me vienen a la memoria el recepcionista, don Agustín y el jardinero don Severo; ambos tenían siempre atenciones conmigo.
Estábamos hospedados en la primera planta. Las habitaciones tenían magníficas estancias y contaban con extensas terrazas desde las que se contemplaban el mar, el jardín y brillaban dos grandes piscinas.
En las habitaciones contiguas vivía una familia entrañable: el matrimonio formado por Olga y Felo, él era compañero de mi padre en el aeropuerto de Los Rodeos. Junto al matrimonio, en la siguiente habitación, estaban sus hijas Lourdes y Mini, siempre acompañadas por su abuela paterna, doña Emilia. Todos de origen cubano. Era, sencillamente, una familia maravillosa.
De igual forma, vive en mi, el recuerdo de la mecedora de doña Emilia, balanceándose en el aire como si el tiempo no se atreviera a detenerla. Evocando a aquella otra, tan semejante, que tenía mi abuela Lola, que aún perpleja, respira entre la decoración de la casa de la Villa de Firgas, la misma observa como guardiana, todo lo que allí hemos vivido. Y junto a sus recuerdos, como si se llamaran unas a otras desde la distancia. Me viene a la memoria con cariño la que disfruta en su casa doña Rosario Valcárcel mientras cose, la de doña Casimirita mientras toma un café y cose, la que recuerdo en la casa de la madre de Pedro Miguel; ella, aún sigue en la memoria de todos, la mecedora de doña Alicia, la nieta de Bea y que ahora ha vuelto a tomar vida al balancearse en ella su bisnieto. Y otras tantas que en este momento, regresan a mi memoria.
Hoy sé que una mecedora no es solo aquel balancín donde el niño que fui encontraba juego y refugio. Era, sin yo saberlo, una lección flotando en el vaivén, en la forma más honda de entender la vida. Porque en su movimiento habitan los extremos, sí, pero no como destino, sino como frontera. Y es en ese ir y venir, en esa mesura que no se impone ni se detiene, donde se aprende a permanecer en un término medio.
Ellas lo sabían. Mujeres de equilibrio, antiguas tejedoras de calma, custodias de un tiempo más verdadero. Que en el gesto sencillo de mecer, sostenían el mundo. Así son esas mujeres que conocí.
A todas ellas, que hicieron del balanceo un modo de estar y de cuidar, ¡gracias!
Llegó el momento en que, con pena y una sutil orden de mis padres: —¡porque sí!—, regresamos toda la familia a nuestra isla natal.
Asimismo, el 26 de noviembre de 1973 marcó el comienzo de una nueva etapa. Mis padres establecieron nuestra nueva residencia en la renombrada, por esa época, Ciudad Vertical. Fue allí donde comenzaron algunos de los recuerdos más intensos de mi infancia, adolescencia y juventud: los días de colegio, el aprendizaje culinario, los juegos de antaño, el cine del barrio, la misa de los domingos y el apostolado, el fútbol y cualquier deporte que pasara por delante de nuestras narices, sin borrar de la memoria aquellos sábados rumbo al mítico Estadio Insular, que aún hoy, por tantas razones, sigue habitando en mi corazón, como un lugar entrañable. También los ires y venires a la playa de Las Canteras; más tarde, a las playas doradas del sur y, en ocasiones, a las de curiosos oleajes en el norte. —Ten cuidado en la playa, mi niño — decía mi tía abuela, doña Carmen Santana, que en aquella época vivía lejos: en Guía.
Aquella distancia, para un capitalino, era una un privilegio que pocos podían disfrutar a nuestra edad. Entre nosotros, la lejanía no pesaba: respiraba. Y en ese vaivén de ausencias, descubrimos que no todo lo que separa divide; a veces, lo distante también sabe unir con una delicadeza que lo inmediato desconoce.
Siempre estábamos y seguiremos estando juntos los amigos del Tavira. Incluso siguen en nuestros corazones los que han pasado a la inmortalidad. También recuerdo con especial cariño a Alejandro Rubio, Pratap V. Kriplaney-Dialdas, Miky Rodríguez, al padre don Miguel Lantigua y al entonces joven seminarista Agustín Lasso. De todos sus familiares, también guardo un recuerdo especial.
Las amistades dejan huellas profundas, ¡sí!, pero existen emociones primeras que nacen en el hogar y perduran dentro del alma para siempre.
Corría abril de 1978. Yo era aún un muchachito de sonrisa fresca: inquieto, desbordado de preguntas, un torbellino que no conocía la calma ni durmiendo.
En casa se hablaba de verdaderas estrellas de fútbol y de toda clase de música. En esas variopintas conversaciones surgían nombres de deportistas consagrados y artistas en expansión. Uno de esos artistas que brillaban con luz propia era por excelencia: José Vélez. Para mí no era solo un cantante; era un héroe cuyo coraje se escuchaba y sentía en cada nota.
Aquel año representaba a España en Eurovisión, y yo lo contemplaba como quien mira las estrellas, consciente de su distancia.
Fue entonces cuando llegó la sorpresa. Mis padres, cómplices, me anunciaron que haríamos un viaje si me portaba bien. No comprendí nada, aunque pronto descubrí que los sueños, a veces, empiezan antes de entenderlos. Mi madre me zarandeaba probándome varios conjuntos de ropa, le gustaba tenerme como un pincel.
La primera escala fue Madrid. Y Madrid, para aquel niño que era yo, no fue una ciudad cualquiera: fue un nuevo mundo. Todo, quizá por la edad, se veía distinto. Y, sin embargo, el bullicio me encantaba.
El Hotel Eurobuilding respiraba como un corazón acelerado aquel 19 de abril de 1978. Afuera, una marea amarilla y azul se arremolinaba entre cánticos, bufandas al viento y miradas cargadas de orgullo. No era solo un equipo; era un pedazo de casa desplazado hasta allí, latiendo en cada garganta que coreaba un cántico tras otro.
Dentro, el bullicio se volvía un murmullo elegante, —se entregaban banderines, pin, llaveros— todo estaba contenido por alfombras gruesas y luces cálidas. Y, sin embargo, la emoción era la misma, solo que más íntima, más cercana. Recuerdo el instante en que los vi entrar del paseo: hombres de carne y hueso, vibrando en sus gestos.
Tuve la fortuna de sentarme con ellos. La conversación fluía de un muchacho entre risas de mayores y flases de periodistas, anécdotas que siempre quedarán grabadas en mi memoria. Había cansancio en sus ojos, pero también esa chispa que solo tienen quienes saben que forman parte de un deporte en el que todo no está dicho hasta que el árbitro pita el final.
La afición seguía cantando, adentro el tiempo parecía haberse detenido. Y yo, en medio de aquel momento, entendí que no estaba solo compartiendo mesa y mantel con un equipo mítico, sino con una historia viva, escrita con esfuerzo y en ese vínculo invisible que une a un pueblo con sus colores.
Recuerdo el estadio como un gigante de cemento. El Santiago Bernabéu se alzaba imponente, casi desafiante, como si supiera que aquella tarde no era una más. La U.D. Las Palmas jugaba la final de la Copa del Rey, y yo, sin saber muy bien cómo, estaba allí, en medio de aquella marea de bufandas amarillas y azules, gritos y alguna esperanza.
El ambiente era electricidad pura. Los cánticos subían y bajaban como olas, los colores brillaban más intensos que nunca, y cada jugada se vivía como si el mundo dependiera de ella. Yo saltaba, miraba, preguntaba y gritaba sin poder contenerme; también, como no, estuve unos instantes perdido. Aquello no se parecía a ningún es pectáculo deportivo que hubiera visto antes: era pasión, alegría y nervios mezclados, un espectáculo donde la pelota, en mi imaginación, era mía; igual o parecida a la que me habían dejado los Reyes Magos. No sé si entendía del todo el partido con tanta emoción, pero sí entendía algo mucho más importante: el entusiasmo compartido. Aquella chispa, ese latido colectivo, se me quedó dentro para siempre.
Y casi sin darme cuenta, el viaje continuó: la Puerta del Sol, el Parque del Retiro, la Catedral de la Almudena y el Museo del Prado.
En el aire se notaba energía, aderezada aún con una mezcla prudente pero con ese entusiasmo de otear que todo avanzaba con rapidez hacia el futuro.
Todo estaba en marcha. Y si he de decir la verdad, aproveché la ocasión para observar todos los museos que pude. En mucho tiempo por lo que les escuché a mis padres todo estaba en marcha y a buen ritmo. Según me dijeron con el pasar de los años: —Estaban hablando sobre mi futuro.
En pocos días alzamos el vuelo y nos deslizamos por encima del mundo en un nuevo avión y, de pronto, todo se volvió aún más maravilloso. Yo, seguía feliz y exactamente en el lugar donde en un primer momento soñaba estar: París.
La ciudad, según decían, de los cuentos y los sueños. Pero mi cuento no tenía castillos ni princesas: tenía un escenario y un instante que estaba a punto de convertirse en realidad.
Llegamos al Palacio de Congresos.
La luz al comienzo caía suave; pasado un tiempo, el brillo lo cubría todo. El murmullo de la multitud vibraba como una marea contenida, y un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo, ese que solo se siente cuando algo importante está por suceder. Yo conocía escenarios de algunos teatros, incluso los de las fiestas de los pueblos y villas, pero ante aquel colosal escenario internacional, mis ojos se abrieron como ventanas al mundo. Lo único que importaba era estar allí —sentado, calladito y sin hacer ruindades— como decían mis abuelas.
Y entonces apareció.
Grande ante mis ojos e inmenso en mi emoción: tangible y real. José Vélez ya no era una voz que llegaba a través de discos de vinilo ni de casetes del coche de mi padre; ya no era una imagen en la televisión. Estaba allí, respirando el mismo aire que yo. El mundo entero se redujo a ese instante.
Recuerdo cada movimiento, cada nota en tempo perfecto, cada palabra que se grababa en mi piel. Fue entonces cuando comprendí que los sueños, a veces no esperan a que crezcas para cumplirse. Y que en ocasiones habían niños, como yo, que los cumplía de dos en dos, como decía Casimirita y Romero en sus idas y venidas desde la Ciudad Vertical, hasta el Mercado.
Aquella noche no solo vi a un artista. Descubrí que la admiración puede alcanzar confines insospechados, que la música puede acercar lo inalcanzable y, que el amor de unos padres tiene la magia de convertir lo imposible en un recuerdo eterno, brillante y cálido, como un sol que nunca se pone dentro del corazón.
Decirles también que hay nombres que no son solo nombres: son, como decía uno de mis bisabuelos, “refugios andantes”. Sus presencias se han ido tejiendo con los años hasta formar parte de mis vivezas profundas. Hoy deseo detener el tiempo para nombrar —como quien honra— a cinco de mis primos, cuya existencia ha dejado huellas imborrables en mi historia.
Luis S. Alemán, primo, confidente y compañero desde la más temprana memoria, pertenece a ese territorio de las cosas sencillas, donde la infancia respiraba: juegos interminables, risas e inocencia compartida en un mundo que parecía entonces infinito y, más tarde, lleno de descubrimientos impensables. Nuestro apoyo continuo ha permanecido sostenido gracias a todo lo vivido desde los primeros instantes de nuestra vida.
Entre mis primos quiero destacar a Francisco Gómez Trujillo y Jonathan Pérez Casimiro, ellos llegaron después, cuando yo empezaba a entender el mundo y a entenderme, a ensayar mis primeras certezas. Y, aun así, nunca hubo distancia verdadera. Con ellos comprendí que hay afectos que no necesitan ser constantes, porque viven en un lugar más hondo. Cada uno, a su manera, me abrió una puerta distinta. Me presentaron personas diferentes, mundos que no se parecían entre sí, y formas de vivir que, aunque opuestas en algún aspecto, eran igual de validas. Como las cosas importantes.
Con el primero continué profundizando en el apostolado, descubriendo una forma de vivir desde la paz, la pobreza y la custodia de la creación. De ahí me queda una mirada más sencilla y comprometida, capaz de reconocer el valor de lo esencial y de intentar vivir con mayor coherencia, servicio por todos.
Con Jonathan descubrí una forma distinta de mirar la vida: más dialogante, más abierta, más humana. Me enseñó a detenerme, a disfrutar de los momentos simples y a encontrar sentido en lo cotidiano. Gracias a eso, entendí que tener a alguien así cerca no solo acompaña, sino que transforma y hace crecer.
Hoy puedo decir, que ambos no son sólo primos, han dejado una huella profunda en mí y han contribuido, de manera única, a la persona que soy.
Y, entre todos, también están Elsa Lorenzo, con la dulce certeza del deber cumplido, y Manolín, esa luz que no se apaga, porque hay ausencias que, de algún modo, siguen siendo presencia. Por eso los nombro así, despacio, con gratitud, como quien guarda algo valioso sin necesidad de decir mucho más.
Los tiempos cambiaban. Las muchachas empezaban a formar parte de nuestras conversaciones y, poco a poco, la amistad con ellas comenzó a ocupar un lugar importante en nuestras vidas. Si a eso se sumaba la delicadeza y el cariño propio de la juventud, —¡qué quieren que les diga que no sepan!
Desde muy temprano en mi vida, casi sin advertirlo, fui aprendiendo un lenguaje que no figuraba en los libros ni se enseña; mucho menos en voz alta. En mí, en lo cotidiano, nacieron esos espacios donde lo simple adquiere profundidad: las risas compartidas con mis hermanas, las tardes con las vecinas, los pasillos del colegio donde una mirada podía decir más que cualquier palabra. Allí, en ese tejido invisible de gestos mínimos y silencios elocuentes fue donde descubrí algo que con el tiempo entendería mejor: el arte del buen trato. No fue una búsqueda consciente. Nunca me senté a descifrarlo. Simplemente ocurría. Las conversaciones fluían con una naturalidad casi extraña, como si ya hubieran empezado mucho antes, como si cada encuentro no fuera un inicio, sino una continuación. Y cuando llegaron otras chicas —traídas por amigos, por coincidencias de la vida, trabajo o por ese azar caprichoso que parece saber lo que hace— el mismo ritmo volvía a aparecer: sin tiempo de espera, no era necesario el esfuerzo de la cercanía; era armonía que no pedía explicación. Algunos, desconcertados querían encontrar una clave, una fórmula, algo que pudiera repetirse. Mi amigo Fernández hablaba de intuición, como si todo aquello fuera un don inexplicable, una especie de talento caído del cielo. Yo nunca lo sentí así. Para mí, no había misterio. Solo era una forma de estar. Escuchar sin interrumpir. Mirar sin invadir. Hablar sin imponer. Una manera sencilla, casi invisible de habitar el encuentro con ellas. Y quizá ahí residía lo verdadero: el mundo que insiste volver complejo lo esencial, lo simple. Para ese lenguaje silencioso que no se enseña, pero se reconoce, se siente.
Un tiempo el de los primeros años en que el amor se medía en latidos apresurados y miradas fugaces. Todo era inmediato, casi eléctrico: la risa fácil y juguetona, la piel que hablaba antes que las palabras; la que ya había dicho demasiado, la belleza que deslumbraba como un relámpago: impulso, vértigo, roces. Un incendio joven que no conocía de pausas ni de silencios.
Pero el tiempo, paciente y sabio, fue despojando al amor de su prisa para vestirlo de profundidad. Entonces supe que no bastaba con reír, sino saber sostener la risa cuando la vida dolía. Que no bastaba con mirarse, sino aprender a verse de verdad: que la verdad de la mirada era otra cosa. Y en ese tránsito, sin renunciar a la emoción ni al brillo de lo vivido, comenzaron a florecer otras esencias más silenciosas, pero infinitamente más firmes: el carisma que atrae sin ruido, la atención que cuida, la compatibilidad que abraza las diferencias, el respeto que nunca se negocia descubriendo la lealtad como refugio, el apoyo como ancla, la confianza como lenguaje secreto y el compañerismo como ese pacto invisible de no soltarse, incluso cuando todo invita a hacerlo. Y entre todo ello, como un susurro aparece de una u otra manera la paz que todo lo sostiene.
Esa paz que no apaga absolutamente nada, sino que lo alza. Que no lo vuelve rutina, sino hogar. Porque al final, de cualquier modo, amar sin medida es elegir permanecer, construir y descansar el alma en la certeza de que, pase lo que pase, hay un lugar en el mundo donde todo está bien. Hasta en la enfermedad; momento que llega en silencio y, cuando uno quiere darse cuenta, ya ha cambiado el ritmo de todo. El cuerpo se debilita, pero hay un instante —breve, casi secreto— en el que aún quedan fuerzas para comprender.
—No es fuerza física, sino lucidez.
Y en medio del dolor, lo superficial se desvanece y lo esencial aparece con una claridad inesperada dónde puedes aprender a valorar lo mínimo, a escuchar el propio cuerpo, a detener cualquier situación, aunque sea de manera forzada. La enfermedad no sólo hiere el cuerpo: también revela. Y en esa revelación, descubres que en la fragilidad aprendes a habitar entre las fisuras. —Pero nunca caminé solo; en cada paso, su presencia respiraba conmigo.
Volviendo a las mujeres: compañeras de colegio, vecinas, ese primer amor, la que enseña, la imposible, la compañera de etapa, la estable, la que deja huella, incluso la que rompe esquemas; todas son necesarias para aprender más. Por lo que ninguna pasaron como estaciones que se olvidan al cambiar de paisaje, sino como huellas que el tiempo no consiguió borrar del todo. Cada una trajo consigo una forma distinta de entender la amistad, el amor, la vida, una manera única de enseñarme lo que aún tenía por aprender. Algunas fueron fuego breve que iluminó mis sombras; otras, calma que llegó demasiado pronto o demasiado tarde. Pero todas, sin excepción, dejaron algo en mí.
Hubo quienes me transmitieron el aprendizaje de reír sin miedo, y quienes me obligaron a aprender a quedarme cuando lo fácil era irse. Y en ese ir y venir de encuentros y despedidas, fui comprendiendo que no siempre se llega para quedarse, pero siempre tenemos la suerte de transformarnos.
Transformarme y mucho lo hice en la España peninsular. En esa Extremadura donde en un principio encontré trabajos promesas y muchos viajes a Portugal, todo para terminar descubriendo dentro de mi corazón que de adulto; también se cometen errores. Al contrario que años más tarde, en la Comunidad Madrileña. Allí encontré: paz, amor y tranquilidad. Y en las otras catorce comunidades, más Ceuta y Melilla: en las que disfruté de diversidad de emociones.
En el extenso y a veces incierto itinerario de mi vida, hubo encuentros que pasaron imperceptibles y otros que dejaron marcas imposibles de borrar. Pero entre todos ellos existe un nombre que no solo permanece, sino que arde suavemente en la memoria como una luz que nunca se apaga: ese lleva el nombre de Janeth Smith Reyes Castro.
No llegó como llegan las historias comunes, ni se desvaneció como lo hacen los instantes efímeros. Su aparición tuvo la cadencia de un destino inusual, como esos encuentros que no se explican porque el alma los reconoce mucho antes de que la razón intente comprenderlos.
Había en ella una serenidad honda, casi sagrada; una calma que no imponía, sino que envolvía. Su mirada parecía custodiar secretos inigualables, y al mismo tiempo promesas de algo impensable. Ofrecía un refugio tibio en sus ojos, dando la impresión de habitar en un lugar al que siempre había pertenecido. Y así, sin ruido ni urgencias, como una promesa, se volvió la mujer anhelada. Porque hay presencias que no necesitan llegan: se revelan.
Ella, no solo moraba el mundo: lo transformaba. En su cercanía, todo adquiría una dulzura cautivadora, una calma luminosa donde las heridas parecían encontrar descanso. Su risa delicada, un silencio cargado de voces invisibles, la manera en que su esencia se hacía evidente. Todo en ella tenía el peso delicado de lo verdadero.
Había algo en su esencia que invitaba a permanecer, a sentir sin prisa, a comprender que lo más profundo era ella.
Lo que dejó en mí no es un recuerdo, sino una presencia invisible que me acompaña. Es la manera en que ahora miro el mundo, la forma en que reconozco la belleza verdadera. Porque después de ella, nada volvió a ser igual. ¡Nada!
Me enseñó, sin proponérselo, que era suficiente una leve insinuación para cambiarlo todo. Incluso aprendí que existen almas irrepetibles, capaces de tocar lo más hondo del ser.
Hoy no la pienso con tristeza, sino con una suave gratitud. Tanto como esa palabra que le dediqué en nuestras últimas navidades. No fue un gesto al azar, porque su paso por mi vida no fue casualidad: fue un maravilloso regalo, íntimo, eterno.
Ella es, y siempre será, ese refugio de mujer donde todo cobra sentido. La certeza más delicada que poseo. La huella más hermosa y la razón secreta por la que aún creo —con una fe inquebrantable— en la belleza de lo que todavía está por llegar.
Así, entre lo ya revelado y lo que aún no ha sido nombrado, se abre un espacio: el de la pintura. La misma no ha estado en mi como un descubrimiento repentino, sino como una presencia constante.
En aquellas piezas de principio del siglo pasado descubrí que hablaban: su lenguaje era capaz de nombrar lo que no se podía decir con palabras.
Bajo la guía de mi tío, Diego Casimiro, ese vínculo inicial fue educándose. Lo que comenzó al amparo íntimo, se abrió poco a poco hasta convertirse en una forma de relación con los otros. Durante un tiempo regalé las obras que conservaba, como quien deja ir algo vivo, confiando en que cada pieza continuaría su propio trayecto, encontrando nuevas miradas.
Mi vínculo con el arte se manifiesta a través de un coleccionismo íntimo, donde cada obra es un encuentro. La pintura ha dejado de ser una afición para convertirse en un lenguaje profundo: un puente entre mundos y una forma de estar en la vida.
Volviendo a las tareas escolares debo confesar que nunca fui especialmente aplicado. Sin embargo, rara vez tuve problemas con las notas. Tal vez los profesores eran extraordinarios o quizá las asignaturas no resultaban tan complicadas como parecían. Con todo, a lo largo de mi vida estudiantil, sólo encontré a un profesor que encarnara la máxima expresión de vocación docente y calidad humana: don Jesús Martín.
Aunque por algún motivo “el menda” se quedó sin viaje de fin de curso —De aquí no se mueve nadie. Así me dijo mi padre a pesar de ser un hombre que siempre me trataba con dulzura.
También guardo con especial gratitud un momento de mi adolescencia en el que tuve la oportunidad de ejercer la responsabilidad de desempeñar la función de director regional del periódico escolar “La Palabra”. Aquella experiencia, sin saberlo entonces, sembró en mí una semilla que con el tiempo terminaría germinando.
Más adelante llegaron las salidas con los amigos. Aquellas semanas parecían no tener principio ni final: comenzaban el martes y terminaban el domingo.
Mi padre solía decirle a mi madre con cara de pocos amigos: —Aurelio coge la semana por una punta y la suelta por la otra. No le faltaba razón.
Solo quedaba libre el lunes, día en que nos reuníamos en el parque de la iglesia para comentar las aventuras, que juntos, en la mayoría de las ocasiones, habíamos vivido durante la semana. Y aún nos quedaba algo de tiempo, para entregarnos a aquellas travesuras inocentes —y otras no tanto— que surgían, casi inevitablemente, y que tenían como destinataria a la pobre doña Mariquita, la cual tenía la iglesia como un palmito.
—¡Fue, sin duda, una juventud repleta de anécdotas!
Una de mis tías nunca olvida recordarme lo siguiente: —Tienes material para escribir un libro y aún te sobrarían páginas. —Tuve que dejar pasar más de treinta veranos para comprender la certeza de sus palabras.
Otra etapa que recuerdo con especial cariño es la de los fines de semana en la casa familiar de la Villa de Firgas. Aquella casa fue siempre sinónimo de alegría.
Ha quedado grabado en mi memoria aquellos sábados por la noche en los que acudíamos a un local social, a modo de discoteca, situado a la entrada de Valleseco; local que antiguamente había sido una sala de cine. Allí bailábamos sin descanso, como si el tiempo no existiera. Todo seguía un pequeño ritual. Llegaba el momento en que comenzaban a sonar las canciones lentas y todos nos preparábamos para el baile. Algunos reunían valor para sacar a bailar a las chicas; otros, más prudentes, preferían refugiarse en el bar para recuperar fuerzas. En aquel rincón del bar se escuchaban frases que hoy aún me hacen sonreír: —¡Cuándo llegará ese momento dorado! — decía Baudilio, hijo de unos vecinos, mientras tarareaba las baladas románticas de Camilo Sesto, el Dúo Dinámico o de los cantantes internacionales canarios Braulio y José Vélez. Tampoco faltaban esas suaves melodías de algún intérprete de habla anglosajona según decía mi gran amigo moganero, José Martín: — “Este es más bruto que un saco de martillos.” Pepe, a carcajadas se reía de un muchacho que merodeaba la pista y que con gracia canturreaba las canciones moviendo los labios con estilo, aunque de idiomas, eso sí, no sabía absolutamente nada.
Otra asunto que nunca olvidaré son las ocurrencias de Pino, vecina joven de la Villa. Ella, era hija de un señor bastante risueño y ocurrente, aunque poco sutil al expresarse, como su hija. Una chiquilla “literata” en toda regla: «Tenía algo especial para escribir». En el trato directo sólo lo hacía de forma rápida y precisa, cuando le interesaba, entonces hablaba sin parar. Pero, para expresarlo cuando sentía vergüenza: escribía.
—¿Cómo escribía?
Más de una vez pude ver como sus cartas avanzaban con lentitud y aparente seriedad, como si fueran importantes, pero en realidad lo hacían de forma torpe, siempre llenas de errores, repeticiones y sin matices. —¡Cállate o te vas pal’ carajo! — las misivas eran con unlenguaje directo y poco sugerente e insistentes. Aun así, escribía con una fe obstinada, convencida de que sus sentimientos bastaban para hacerse entender. Siempre me pregunto:
—Habrá aprendido Pino a escribir de manera correcta.
Recuerdo leerla con calma, descifrar sus escritos casi como un jeroglífico, pero con el tiempo y un poco de empeño, terminaba comprendiendo lo esencial: muy en el fondo eran cartas de amor. Elegía el momento de la entrega con precisión, casi sin dar opción a réplica. Como aquella vez, que ya íbamos en coche rumbo a Las Palmas, con todo en marcha y sin posibilidad de detenernos, cuando de pronto dijo: —Espera, espera, toma esta carta.
Y te la daba así, sin más, con una media sonrisa y un toque “amoroso”: —Y si no te gusta mi letra te jodes.
Así era Pino: reservada cuando quería, intensa cuando importaba, y siempre, siempre, auténtica.
Con el paso de los años dejé de frecuentar la casa de la Villa. Sólo quedaron las visitas ocasionales: algún asadero familiar, las fiestas del patrón San Roque y lo bueno: —Eso de lo bueno no necesita demasiadas explicaciones; de lo contrario, háganse cargo.
La vida adulta llegó acompañada de trabajo, trabajo y más trabajo. Pero siempre con una premisa clara: no abandonar esas tradiciones que casi cualquier canario lleva grabadas a fuego en su alma: la Cabalgata de los Reyes Magos, los cumpleaños de todos —familiares, amigos, padres, hermanos y todo el que se moviera, era en aquella época, susceptible de caer en una celebración—. Eso sí, la celebración tenía lugar el día de la semana que fuera menester. La Semana Santa, el Día de la Madre y del Padre, los carnavales del siglo pasado, el Día de la Comunidad Autónoma, las vacaciones —ya fueran de mar o de montaña—, algún que otro viaje y las celebraciones navideñas, siempre acompañadas de largas conversaciones alrededor de una buena mesa. ¡Ah!, y cava, todo bien regado de cava. Lo del buen yantar no es cuestión de fechas navideñas, ¡créanme!, algunos amigos me dicen: —El día que comas en tu casa, te va a dar vergüenza. Tampoco olvidaba ni olvido honrar mis raíces. —No dejes de seguir pasando por aquí mi niño, siempre te tengo café de Agaete. Además, desde hace muchos años, felicito a la familia, amigos y clientes el Día de nuestra Comunidad Autónoma y en las fechas navideñas con una felicitación. Esta, sin intención y con el pasar de los años ha comenzado a hacerse viral.
Después llegó el matrimonio tras diez años de noviazgo, terminando por encontrar nuestro sitio en la vida. Para todos fue un estallido de gozo, una obra lenta, delicada, con belleza: con miradas que aprendieron a sostenerse, fueron manos que supieron encontrarse incluso en la penumbra, silencios que dejaron de ser vacío para convertirse en abrigo. El amor dejó de ser promesa y se hizo hogar, costumbre compartida, un “nosotros” capaz de sostener la luz de los días buenos y las oscuras intemperies que duelen.
Esa intemperie cayó como un mazazo en la vida. No fue solo el golpe, sino el eco que dejó. Lo que él sabía sostener, con el ejemplo sereno, con la risa franca, con la ayuda, con esa manera suya de trenzar la familia como si fuera una: unida, firme. Ese día saltó todo por los aires en un instante.
La casa, antes llena de voces superpuestas y pequeños rituales, se volvió un territorio extraño y silencioso que, con el tiempo, fue tomando forma, pero con un aspecto diferente. Y, sin embargo, en medio de esa intemperie, quedaban restos de su manera de estar en el mundo: una broma repetida en voz baja, una costumbre que alguien insistía en mantener, una mirada cómplice que se negaba a desaparecer del todo, el perrillo cambió sus formas de habitar la casa. También recuerdo el poema que mi hija Lucía dedicó con los años a su abuelo y a su tío Pepe.
Pero la herida no había terminado de abrirse, como si el calendario hubiera decidido ensañarse con una precisión cruel, Pepe, su hermano del alma, compañero de mil batallas, tantas que la vida los había entrelazado aún más, hasta hacerlos familia por partida doble, cayó dos meses más tarde. El mismo día. El quince, como una marca grabada a fuego en la memoria de todos.
Desde entonces, cada vez que el calendario se acerca a esas fechas, todo se siente distinto.
Y, sin embargo, en ese doble vacío, también quedó algo más: la certeza de lo compartido. Porque, si la intemperie arrasó con todo, no pudo llevarse la raíz de lo que ellos construyeron juntos: en las sobremesas que aún se alargan, en las historias que se cuentan una y otra vez como si así pudieran retenerlos, en las risas que, a pesar de todo, vuelven a brotar como forma de resistencia.
Quizá la vida sea eso: aprender a habitar lo que falta sin dejar que se apague lo que fue. Y, en ese intento, torpe pero persistente, ellos siguen estando. No como antes, no del modo en que se les podía tocar o escuchar, sino como una conversación que sostiene, incluso ahora, lo que parecía haberse roto para siempre.
En ese tiempo, Lucía apenas siendo un bebé nos mostró un refugio en su luz, nos transformó de una manera inédita, nos asentó en un nuevo mundo. Ese lloriqueo de bebé no lo sentía como ruido, me hacía recordar un idioma que tanto escuché y que aún, de manera tenue atesora mi memoria. Su risa me parecía un milagro de la naturaleza. Primeramente crecieron las alegrías, sí, pero también con el pasar de los años, todo lo vivido se convirtió en dilemas que antes nunca soñamos que pasarían.
—La eternidad es un segundo y un segundo es la eternidad— dijo el mítico artista lanzaroteño César Manrique. No le faltaba razón.
En sus ojos comenzó a habitar una curiosidad infinita y, en sus pasos pequeñines, el comienzo de un crecimiento vivaz en el que se podía otear con facilidad la valentía de quien no había aprendido a temer las caídas comunes de la vida.
A veces creemos que el silencio es fortaleza, que sostener el peso sin pedir ayuda nos hace más dignos, más capaces, más enteros. Y al principio, quizá lo parece: tomamos entre las manos ese pequeño nudo de dificultad y pensamos que bastará con apretarlo un poco, esconderlo, ignorarlo.
Pero la vida tiene una forma curiosa de insistir.
Lo que no se nombra crece en la sombra. Lo que no se comparte busca espacio dentro de nosotros, y ese pequeño nudo, casi imperceptible al inicio, se convierte en una marea de fondo que no deja de crecer. Al principio es ligera, pero cada instante no atendido, cada palabra guardada, es el motivo que con vivacidad impetuosa, arrastra todo con más miedo, más desazón.
Y cuando queremos evitar lo peor, ya no basta con las manos.
Es cuando nos damos cuenta que pedir ayuda, no es rendirse. Es un acto profundamente amoroso hacia uno mismo y hacia los demás. Es abrir una ventana cuando sabemos que el aire falta. Es permitir que otros corazones, compartan el peso, el calor, el dolor, la opinión, la ayuda.
Porque nadie está hecho para sostener todo el oleaje en soledad.
Y tal vez, si aprendemos a decir “no puedo solo” a tiempo, el oleaje no llegue a convertirse en tormenta, sino que puede quedarse en marejadilla: tal vez leve, posiblemente transitorio, y a buen seguro, como magnífico aprendizaje. Después llegó Daniela, como llegan las segundas voces que completan una melodía y le dan profundidad. Ella en un principio alborotó, alborotó y mucho. La niña de las ocurrencias, de las cosas más imprevistas — las de las ocho amigas en un turismo — la de risas y sonrisas. Si Lucía fue el comienzo, Daniela fue el equilibrio: distinta, irrepetible. Con una forma propia de interpretar el mundo. La verdad del mundo le sobrevino como un relámpago que atraviesa; pero eso sucedió siendo una joven, por lo que en otra ocasión les contaré.
Al comienzo, donde una preguntaba, la otra imaginaba; donde una se detenía y miraba, la otra corría. Y en esa diferencia nació una armonía secreta que con el tiempo, las convirtió en cómplices, inventaron un lenguaje entre hermanas que no necesitaba palabras para entenderse.
Criarlas fue descubrir que el amor no se reparte: se multiplica. Fue aprender a ser suave con ellas, pero firme con los principios: sin perder la ternura, guiando sin imponer, caer y levantarse con ellas una y otra vez. Incluso en los momentos más difíciles, incluso cuando el mundo parecía presentarnos el final, siempre estuvo la una al lado de la otra, recordando que el vínculo que las une no es cualquier refugio emocional incondicional; es quizá algo más.
Y así, entre risas que curan, tropiezos que enseñan y abrazos que salvan, comprendí que el verdadero arte de criarlas nunca fue mostrarles el camino, sino dejar que me lo enseñaran.
Un camino que junto a ellas, el significado ha sido más hondo y luminoso del que jamás pude imaginar.
Pero si algo puedo decir con certeza es que me siento profundamente agradecido con la vida. Esta me ha permitido vivir experiencias extraordinarias y, sobre todo, compartir el camino con buenos amigos. Porque lo que se comparte de verdad trasciende el tiempo y termina formando parte de lo que somos.
Podría nombrar a todos los amigos que han formado parte de mi vida desde la infancia hasta hoy, pero he aprendido a no hacerlo. La memoria siempre corre el riesgo de olvidar a alguno, y eso sería injusto.
—Un sacrilegio— dicen mis hijas.
—Tampoco será para tanto— les replico siempre.
De lo vivido no me arrepiento de absolutamente nada. Y, si alguna vez cometí un error, siempre he procurado corregirlo pidiendo perdón con sinceridad.
A veces olvido decirlo en voz alta, pero a mi lado hay un niño, y en él habita un afecto que el tiempo no ha hecho más que volver más hondo, con la mirada llena de horizontes, las rodillas están aún marcadas por caídas y tiene un leve halo de misterio.
Se podría llamar Aurelio, pero responde al nombre de Rubén, o al de Juan Román, en ocasiones al de Félix, aunque en ocasiones al de Andrés, y quién sabe a cuántos más; son apenas puertas por donde entra el mismo fulgor.
Es pequeño, tanto, que cabe en la palma de un recuerdo, o crece de pronto, sin aviso y me mira como si supiera todos mis recuerdos. Tiene una sonrisa picarona, pasos ligeros, traviesos, y una forma de mirar el mundo diferente, porque sabe que todo está comenzando.
Lo abrazo cuando aparece, lo escucho, le creo, le confío mis silencios.
Él me responde con gesto risueño: una chispa, un juego, una sorpresa, un dibujo. Y entonces, comprendo que no se ha ido nunca, que vive en mi, a mí alrededor: a veces con bombo y platillo y en otras, de forma ingeniosa, en este misterio de seguir siendo yo. Porque en su reflejo me encuentro, y en su complicidad respira diciendo: Aurelio, me siento tan querido que no he dejado de volver.
A lo largo de mi vida he tenido el honor de formar parte de diferentes proyectos laborales, culturales y deportivos, de los cuales me siento orgulloso. He sido directivo en varias etapas del Club de Ajedrez Centro Goya, la segunda institución ajedrecística más antigua de la Comunidad Autónoma Canaria, fundado en 1970, y desde el año 2023 me siento honrado de ser presidente con la inestimable ayuda de su secretaria general Blasy Casimiro y toda la junta directiva, junto a la valiosa enseñanza del presidente de honor, Diego Casimiro, el cual fue nombrado en la primera junta por unanimidad, a título póstumo. También del presidente de honor, el profesor, don Carlos Maury Escalante; quien maneja las funciones de scouting internacional de nuestra institución.
Asimismo, me siento orgulloso de pertenecer a la Asociación Cultural Canaria de Escritores, Acte Canarias. Además, me honra ser socio de la Orden del Cachorro Canario, protectores de la cultura canaria.
Por otra parte, en breve comenzaré un programa radiofónico deportivo en las ondas del dial de Radio Guiniguada: “Deportivo al Aire”. A estos proyectos se suman mis primeras incursiones en el teatro y el cortometraje, ámbitos en los que comienzo a desarrollar nuevas formas de expresión. Próximamente, verán la luz mis tres primeras obras literarias, las dos primeras en coautoría con J. Javier Santana Santana y la tercera en solitario. Estas quedarán unidas a mi participación en el XI festival poético dedicado a don Luis Natera. La misma tuvo lugar en la Ciudad de Telde en septiembre de 2025.
Así mismo quiero contarles algo curioso. Dice así: En un lugar de La Rioja —aunque no aquel que la pluma de Cervantes inmortalizara—, sino en la más terrenal y bulliciosa Logroño, comenzó esta historia que no pretende hazañas de caballería, pero sí cierta lucha, acaso más silenciosa, contra el tiempo, las dudas y uno mismo.
Llegó el protagonista —no diremos su nombre, pues aún no lo merece del todo— una mañana de verano, porque aquí siempre gozamos de buen clima, con el fuego del sol jugueteando en su cuello y el portátil y la tablet bajo el brazo susodicho pensaba: «¡A quién se le ocurre meterse en camisas de once varas!». Había decidido, contra la inercia de los años y las advertencias bienintencionadas de algunos, entre ellos un pensador, volver a estudiar. No cualquier cosa: Ciencias de la Información, disciplina que prometía desentrañar los misterios del mundo moderno, o al menos disfrazarlos con palabras más elegantes. Lo cierto es que al susodicho personaje siempre le gustó lo elegante. Y aunque ya no era un mozo, ni tampoco un anciano. Se hallaba en ese territorio ambiguo donde los sueños aún laten, pero las facturas también. Sus compañeros de aula —jóvenes en su mayoría— lo observaban por la webcam o por la foto del chat con una mezcla de curiosidad y respeto, como si fuera un personaje escapado de no se sabe dónde. Las primeras semanas fueron un combate discreto. No contra gigantes, sino contra plataformas digitales y el sutil veneno de la comparación. Mientras otros tenían cara de normalidad, susodicho se desempeñaba con pausa, como si cada palabra necesitara asentarse antes de seguir adelante. No obstante, había en él una mirada de determinación.
Las mañanas, se comentaba, eran un ir y venir a la cocina, ese refugio donde preparaba una cafetera tras otra. Después, paseaba dejándose acompañar por más café y churros. Estos iban y venían como las hojas secas de su juventud en Bilbao. Aún en ocasiones se decía: «¿Qué hago aquí? ¿Llegaré a terminar lo que he empezado? ¿O será esta empresa otra de esas historias que se abandonan a mitad de camino, como libros que tienen sus hojas en blanco?», como en alguna ocasión escuchó decir a su amigo Mújica.
Pero algo —quizá orgullo, acaso necesidad, probablemente una forma tardía de rebeldía— le empujó a continuar.
Y así, entre clases, cafés apresurados y tiempo de estudio, fue tejiendo una historia pequeña pero obstinada. No había espadas ni armaduras, pero sí una batalla constante contra el desaliento. No había epopeyas, pero sí una voluntad que se negaba a rendirse.
Tal vez, pensaba con una sonrisa cansada, no importa tanto que el viaje sin retorno llegue antes de lo previsto; lo verdaderamente esencial es que hubiera dado el primer paso.
Y, conectado con Logroño, entre páginas, pantallas y dudas, había comenzado algo que, con un poco de fortuna —y mucha terquedad—, podría llegar a llamarse destino.
De este modo, la historia sigue su curso. Porque al fin y al cabo, la vida no es otra cosa que una correspondencia amorosa, un buen trato, la memoria de lo vivido, un baile tras otro, una continua obra de teatro o de cine, un programa de radio, una comida con familiares, con amigos a modo de risa; de muchas anécdotas a través de los años: donde los niños y el tintineo de las copas ponen lo mejor: las sonrisas para nuestra existencia.
Y, como la vida es una vela que arde sin pausa hasta apagarse, continuaré escribiendo, con la ayuda de Dios, otro libro que me espera, dispuesto a dejarse escribir un poco más cada día.
Aurelio V. Lorenzo Casimiro.
