
El sol caía con esa parsimonia tan propia de las islas. Eran las cinco de la tarde, una hora que en otros rincones del mundo arrastra ya el cansancio, pero que en este archipiélago se presenta como un segundo amanecer de luz dorada y un cielo un azul que parece pintado a mano.
Siempre, hasta que comencé a viajar, me pareció sospechosa la calma que se vivía en mi tierra. Quizá no pararme a vivir la realidad isleña, hizo que las primeras visitas a otros países, incluso el recorrido por mi propio interior, fuera algo que me llevó a no poder descubrir la veracidad de otros tantos lugares especiales a los que tuve la oportunidad de viajar. Ahora cuando lo pienso, recuerdo esos puntos de insensatez que te persiguen en la juventud.
Aunque hoy estoy aquí porque deseo contarles lo que descubrí, gracias a la Asociación de Escritores Canarios, ACTE CANARIAS, en su particular Expo del Libro, que se extendía a lo largo del Centro Comercial El Muelle, movida por suaves alisios a causa de su cercanía al Puerto de la Luz y de Las Palmas. No era una feria cualquiera; aquí los libros no se apilaban con prisa ni los autores gritaban ofertas como si vendieran mangos en el mercado. ¡Bueno!, casi todos.
—¡Lléveselo firmado, dedicado y hasta pensado! — bramaba un escritor nacido en el Reino de España; levantaba su única novela como si fuera un trofeo de pesca. —¡Últimos ejemplares, que después me hago de rogar! A su derecha geográfica, una mujer de gafas suspiró.
—Lleva diciendo “últimos ejemplares” desde 2023— comentó sin levantar mucho la voz, como quien habla con el cuello de la camisa.
Yo fingí revisar un libro, pero en realidad observaba. Ese era mi oficio secreto: mirar sin que se notara y al tiempo prestar ayuda para que todo saliera a pedir de boca. Años de práctica hacían que nada se notara.
—¿Usted también escribe? — me preguntó la mujer dos mesas después de la mía, ladeando la cabeza.
—A ratos— respondí.—Y también a deshoras, como las mareas malas.
Ella sonrió, entendiendo más de lo que yo había dicho.
—Entonces escribe de verdad…
—¡Bueno! Para ser sincero, he de decir que aquí caí del cielo y le guiñé el ojo.
Junto a mí, un joven con barba y camisa de lino buscaba monedas sueltas para que una joven turista llevara su obra premiada a otros confines. Al preguntarle por la misma él, le explicó: —Mi novela define el concepto de identidad insular — dando una precisa explicación a la joven rubia de ojos garzos.
La Expo tenía ese tono tertuliano: mitad mercadillo, mitad teatro improvisado, como la vida misma. Algo que la hacía parecer justamente lo que les gusta a los gerentes de los centros comerciales: tránsito fluido de clientes que se convertían en consumidores haciendo que el centro comercial tuviera el ambiente de las más grandes solemnidades. Todos los autores tenían la ilusión de ser leídos, aunque no lo pareciera.
Me senté en una silla que alguien había dejado libre. Desde allí se dominaba la escena: autores, lectores distraídos, turistas que se acercaban pensando que aquello era una exposición de artesanía, incluso empleados de las tiendas.
El de los bramidos volvió a la carga.
—¡Este libro cambia vidas!
—Pues cambie usted la suya y siéntese un rato — le soltó una,
—que va a terminar vendiendo más aire que letras.
El hombre la miró, ofendido por un segundo, pero luego se encogió de hombros al puro estilo latinoamericano.
—El aire también se respira, señora.
—Sí, pero no se firma— replicaron.
Reí por lo bajo. Aquello comenzaba a merecer la pena.
Saqué el móvil. Ninguna llamada. Ni falta que hacía.
—¿Y usted no vende? — me insistió una abuela interesada.
—Hoy no.
—¿Mañana?
—Quizá tampoco.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
Miré alrededor: las voces, el sol, el murmullo de páginas pasando, nuestra conversación.
—Ensayando — aclaró.
Exacto, para cuando toque mi estreno.
¡Eso también es escribir!— Dijo la buena señora; aún recuerdo su nombre cuando nos presentamos, doña Emilia. Así se llamaba.
Aquí primero se vende la conversación y después el libro.
—¿Y si no se vende ninguno?
—Entonces te llevas una buena historia para seguir escribiendo.
Nos miramos los tres. El escritor viajero que seguía la conversación de lejos, mientras continuaba gritando, aunque ya con menos convicción. Seguidamente me acomodé en la silla, dejando que la tarde hiciera su trabajo.
Al final pensé que en aquella Expo tan particular, nadie venía sólo a vender libros. Veníamos a comprobar si aún teníamos algo que decir y si alguien, por casualidad o por costumbre, estaba dispuesto a escucharnos.
